Mi viaje al Nilo. Una experiencia inolvidable.


Escapar siete días no es mucho tiempo, pero si te propones un viaje desorganizado puede dar para mucho. Una semana era el tiempo del cual disponía. Efectivamente, no era mucho, aun así era un buen tentempié para un viaje más lejano en un futuro.

¿Dónde y qué es lo que quiero ? me pregunté. Un buen clima, un lugar barato y a ser posible exótico y donde pudiera correrme una bonita aventura. De repente me llego la inspiración: el Nilo. Entré en fase de ensoñación… y en una hora fragüe todo mi viaje.

Un día para ir, otro para volver y cinco días bajando el río Nilo en stand up paddle, SUP. Siempre quise conocer Egipto ¿y quién no?. No quise informarme sobre el país, decidí conscientemente estar lo más desinformado posible, exceptuando un viejo libro sobre la historia de los Egipcios de Isaac Asimov que saqué de la biblioteca. Al contrario de planificar el viaje milimétricamente, sin apenas dejar espacio a la sorpresa, decidí dejarlo todo en manos de la improvisación, mi espacio natural, donde mejor me muevo y donde obtengo mis mejores resultados.

El terrorismo más reciente desaconsejaba un viaje a este país, pero eso me sonaba como lo de no visitar España en la época de ETA. Además, que hubieran matado a más de trescientas personas esa semana en una mezquita sufí indicaba que lo que les interesaba era la cantidad de asesinados. Yo iba solo, así que no les traía a cuenta. Durante el viaje pude comprobar el desastre de una economía donde basan toda la riqueza sobre un solo sector, el turismo: ¡Ojito!

El viaje empezaba mal… como todos los grandes viajes. Torpe de mí, perdí el vuelo de Madrid a El Cairo y tuve que sacarme otro vuelo rápidamente, con lo cual ya dejo de ser la ganga prevista.
Desde el Cairo tomé otro vuelo hacia Luxor, donde pretendía comenzar mi singladura, pero no, una exclusa rompía mi recorrido. Entonces decidí empezar en Aswan (Asuán en castellano) y ya veríamos donde llegaría…

Luxor me pareció insoportable, la cantidad de liantes por metro cuadrado superaba mi paciencia. Sin turistas, los buscavidas se hacían notar más y las constantes interrupciones en mi deambular por el zoco sobrepasaban lo esperado (me recordaban los tiempos de la medina de Fez). Varias veces se me insinuaron hombres lascivamente de una forma descarada, lo que me sorprendió en un país con fuerte presencia religiosa. Yo deseaba meterme al río lo antes posible, pero tuve que pasar la noche allí para tomar el tren a Aswan al día siguiente. Aun me dio tiempo de visitar el templo de Luxor y maravillarme de las estatuas, obeliscos, columnatas y, sobre todo, la escritura jeroglífica de sus muros.

El templo de Luxor data de las dinastías XVIII Y XIX consagrado al culto de la divinidad Amon- Ra, dios de los cielos, aunque todas las dinastías aportaron o quitaron cosas, desde Ramsés II, Akenatón a las dinastías ptolomaicas. Este yacimiento forma parte de la antigua Tebas, capital del alto Egipto.

Aswan es conocida por su famosa presa, una obra de ingeniería que revolucionó el mundo. Se acabó en 1970 y generó un lago de casi 500 kilómetros de longitud. Hubo que trasladar las ruinas de Abu Simbel para no ser inundadas y reguló las incontroladas crecidas del Nilo. Domesticaron sus aguas definitivamente, arrebatándole el limo que año tras año dejaba en sus campos una capa de fértil sedimento. Sorprende las aguas tan limpias que salen de sus fondos y que van degradándose poco a poco por la injerencia humana y los fertilizantes químicos que suplen el antiguo limo. ¡Una lástima! En el tramo que descendí puede decirse que las aguas fueron limpias en todo momento.

Aswan me pareció mucho más amable que Luxor. Durante el viaje en tren, entre los pocos turistas que había, conocí a una chica coreana que viajaba sola y que resultó vivir en Valencia. Enseguida la adopté o más bien me adoptó ella, pues me facilitó un hotel por tres euros. Por la tarde nos acercamos al puerto donde se nos ofrecían falucas (barcos veleros que surcan el Nilo desde la antigüedad) y cruceros. Me había preparado el viaje para poderlo hacerlo solo, en completa autonomía, pero ir acompañado de una faluca me empezó a gustar como ideay finalmente fue todo un acierto. Perdí un día de descenso, pero tampoco era importante, lo verdaderamente trascendente fue elegir bien la faluca con su tripulación. De los múltiples ofrecimientos elegí el que más buen rollo me daba y el que mejor viaje me podría dispensar, pues debíamos de compartir cuatro días juntos.

A la mañana siguiente nos pusimos en marcha. La coreana decidió acompañarme el primer día. Zarpamos del puerto fluvial y me dispuse a hinchar mi tabla de SUP, rápidamente me tiré al río y comencé a remar y a sentirme faraón en aguas nilíticas. Creo que al parecer he sido la primera persona en descender sus aguas en Stan Up Paddle. Pero si no es así y hubo un pionero, me da igual, pues en todo tiene que haber un primero y un segundo (incluso un tercero).

El río me ofrecía una panorámica sin meandros y con un valle poco pronunciado. Su anchura oscilaba entre trescientos y quinientos metros. Podría decirse que sus aguas eran simplemente previsibles y aunque ligeramente se apreciaba cierta corriente, en ningún caso podía a llegar considerarse rápidos. En el centro era donde más podía sentirse el desplazamiento de sus aguas y en sus rozadas orillas apenas se distinguía.

Pronto empecé a ver lo que sería la belleza del Nilo, un gran río, donde el desierto saharahui intentaba asomarse curiosamente y en ocasiones lo conseguía llegando a tocar literalmente sus aguas. La vida cotidiana del río fluía y yo con ella.

La faluca bregaba contra los vientos del norte obligándola a ceñir constantemente, de orilla a orilla, acompañada de una ligera corriente. En ningún momento los vientos fueron fuertes. Se reducían a una suave brisa.

La tabla me permitía acercarme a cualquier punto deseado, sin la más mínima complicación. Podía acceder a cualquier lugar. El sol caía lentamente sobre el horizonte envolviendo el ambiente en un halo de paz y de sosiego entre los exuberantes palmerales y el dorado e inerte desierto.

Las noches las pasaba en la faluca, donde la cubierta se convertía en una cama de dimensiones colosales. Al caer el sol buscábamos una playa amable para varar la embarcación y poder descansar bajo un cielo africano.

Me acompañaban en mi aventura dos nubios, de nombres Hamada y Tarik, que no sólo hacían navegar la faluca magistralmente, sino que también cocinaban y preparaban el té mañanero y a toda hora también. Durante una noche al calor de una hoguera en la playa, hicieron sonar una darbuka para acompañar canciones que nunca antes escuché.

En mi palear por el río podía visitar y entablar conversación en mi precario árabe. Pescadores, pastores o gentes del Nilo me saludaban, no sin cierta curiosidad, pues parecían no haber visto a nadie flotar de pie sobre sus aguas. Hasta los cruceros solían saludar efusivamente. En algunos podía apreciar incluso la envidia que les proporcionaba. Se encontraban encerrados en sus grandes barcos a modo de pecera de máximo confort, recorriendo en varios días la ruta de Luxor-Aswan y viceversa.

La tabla de SUP me proporcionaba cierta ventaja sobre la faluca. Eso me permitía adelantarme a los lugares más interesantes. Para mí todo era fascinante, pues carecía de información previa. El tercer día en la orilla izquierda (mucho menos poblada que la del margen derecho) había unos pequeños acantilados de no más de veinte metros. Allí me dispuse y cuál fue mi sorpresa, que en la propia pared había como unas cuevas o nichos excavados en ellas. Varé mi tabla y me encaramé por la pared, escalando hasta alcanzar las cuevas. Dentro pude ver unos relieves de figuras egipcias e inscripciones. La emoción me embargaba, me sentía egiptólogo, qué digo egiptólogo, me sentía Indiana Jones. Ni que decir tiene que aquel pequeño hallazgo me produjo más emoción y sensaciones que las mismísimas pirámides de Guiza.

Por supuesto que no descubrí nada, era el yacimiento de Gebel Silsileh, pero tropezarse con algo inesperado fue de las mejores cosas que me dispuso este magnífico viaje. El día anterior pude parar y visitar el yacimiento de Kom Ombo, templo consagrado al dios Sobek, con cuerpo humano y cabeza de cocodrilo, señor del Nilo y de la fertilidad. También fue la primera ciudad importante que encontré, donde pude recargar baterías y hacer una incursión urbana.

El Nilo, a pesar de estar enclavado en puro desierto, no se puede considerar un río desierto, pues alberga mucha vida. Todo gira alrededor de él. Lo extraordinario es que apenas se ven poblaciones desde el agua. Las crecidas no permiten construcciones en primera línea del cauce. Las poblaciones existen, pero no se dejan ver. Se encuentran dentro de los palmerales y zonas de huerta con cultivo variado. El río irriga las vegas a ambos lados y allí es donde la gente hace su vida. Pocos son los que visitan sus orillas. Esto genera una sensación de aislamiento y de naturaleza casi salvaje.
Tras haber digerido el viaje y ya de regreso en España, me viene a la memoria las sensaciones únicas de los atardeceres y amaneceres en el río, cuando cesan los vientos y la superficie se hace lisa y suave en tonos mercúreos que invitan impetuosamente a remar la quietud de sus aguas o saludar la rica y variada avifauna que puebla sus orillas, con sus búfalos de agua y camellos pastando la verde hierba a un paso del implacable y tórrido desierto o como las bandadas de ibis negros sobrevolaban el liso río.

Tras conocer y navegar muchos ríos por el mundo, puedo decir con conocimiento de causa, que el Nilo es un lugar único en el mundo. No es de extrañar que surgiera la historia en este lugar hace unos siete mil años. Un paraíso donde se producían los excedentes suficientes, como para poder pensar no sólo en las necesidades básicas. Un enclave aislado protegido: a un lado por el vasto y extenso Sahara y al otro por el mar Rojo, aislado de invasores y amenazas. Sol durante todo el año y agua suficiente para producir alimentos sobrantes para su población y más.

El navegarlo en SUP ha sido una experiencia que nunca olvidaré y el ir acompañado por la faluca me ha facilitado toda la intendencia necesaria para que el descenso del río se convirtiera en un auténtico placer de dioses. Todo ello con el permiso de Horus, Osiris, Isis, Thot y otras deidades que me permitieron surcar el único de los grandes ríos que fluye de sur a norte.

Mi viaje concluyó en El Cairo. A propósito, me dejé a modo de postre la visita de las pirámides de Guiza, donde Keops, Kefrén y Micerinos acabaron de bendecir mi corto, pero intenso periplo por la cultura del gran río Nilo.

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