¡Viva México, cabrones!

Siempre tuve la necesidad de buscar aventuras allá donde fuera. Hace ya bastante tiempo decidí  un día visitar el norte de México. Inducido por las lecturas de Carlos Castaneda y por el afán de conocer mundos y submundos. Salí en busca de la etnia Tarahumara los guardianes del peyote.  Tome el conocido tren de las barrancas del cobre que comunica los Mochis en la costa del mar de Cortes con la ciudad de Chihuahua, un tren mítico que ascendía por un paisaje serpenteante y de espectacular belleza. En el tren me ofrecieron unos tamales para comer, sin saber que aquellos habían sido condimentados por el propio Moctezuma y su maldición. Durante tres días tuve que aislarme en un hotelucho en la calle libertad de la popular ciudad. Anduve cabalgando cada dos horas sobre la taza de un angosto water sin descanso. Me cogió duro, aun así, superé el trance. Al cuarto día me animé a salir y conocer la noche chihuahuense, pronto el pueblo mexicano me abrió sus puertas y conocí un grupo de chavales que me acogió en sus celebraciones. Gentes amables y risueñas que amistosamente me brindaron cortesía. Sería sobre la quinta ronda de cervezas cuando un flaco con cara de palote entro en el bar y se nos acercó con un extraño artefacto, nos propuso echar unos toques. El reto consistía en agarrar unos cilindros de metal en cada mano unidos por un rizado cable a una máquina de torturar vietnamitas. Debíamos  aguantar una descarga eléctrica que el hombre iba incrementando con un manómetro hasta decir basta.  Todos probaron moderadamente menos el más machote del grupo que aguantó hasta que la aguja marcaba el 15 con gran admiración y reconocimiento de todos.

Ahora el gachupín (Así nos denominan a los españoles) dijeron todos al unísono. Yo en mi labor de agradar e integrarme como uno más le dije al torturador – ponlo al 16 directamente.

Agarré un polo en cada mano y me preparé para recibir la descarga. Dios… lo primero que noté fue la adherencia a aquellos metales seguido de un plegamiento de mis brazos contra el pecho de una forma virulenta y un recogimiento de las piernas hacia el estómago, mientras las órbitas de mis ojos se abombaban como para saltar de cuajo. Todo ello adoptando una posición fetal, que también fatal. No podía despegarme y le dije como pude- ¡para, para!. El muy chingón me mantuvo un rato en el 16, no cortó inmediatamente. Hasta que paró en seco aquel artefacto infernal, volviendo de ipso facto a mi ser normal mientras tiraba los bornes al suelo. Mis amigos mexicanos lo celebraron con júbilo etílico, aquello me otorgó cierto estatus de macho durante el resto de la noche. A la vez yo pensaba para mis adentros esto no lo vuelvo a probar en mi vida.

Pero ahí no acabo la noche, tras la electrocución, me llevaron a un local repleto de hombres y alguna esporádica mujer de risa fácil y escandalosa. Mientras, riadas de cerveza sofocaban nuestra sed. De repente nos casi obligaron a comprar un número a cada uno de los que nos encontrábamos en el antro. Cerraron puertas y empezó la rifa. Pregunté cuál era el premio. Se acercó un chico,  sacó un paño de terciopelo rojo brillante y lo abrió, era un revolver niquelado con cachas de madera oscura de los de verdad. Durante el sorteo estuve rezando para que no me tocara.  Apuramos la noche rodeados de puro macho de bota campera con tacón cubano, afilada puntera, cinto cromado y sombrero vaquero. Viva México cabrones. Regrese al hotel doblado tras una inmersión profunda en el Chihuahua más sórdido y auténtico, felizmente desarmado.

Antonio Robledo ZAPA

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