¿Llevarías a tu hijo/a a un campamento donde pasara hambre?

 

¿Y si el hambre estuviera gestionada por ellos mismos? Llevar a tu hijo/a de campamento siempre es una experiencia enriquecedora para el niño. Salir del ala protectora de los padres proporciona una autonomía que tarde o temprano deberá afrontar. La mayoría de los campamentos se venden como experienciales, pero lo cierto es que gran parte del tiempo se basa en la animación, casi como un centro de ocio o un lugar de vacaciones, cuando ese tiempo se puede hacer igual de divertido o más de una forma diferente. Las experiencias reales darán la oportunidad de modelar la personalidad de ese ser a través de las herramientas proporcionadas. 

En numerosas ocasiones tropezamos muchas veces con la misma piedra: la SOBREPROTECCION. Hoy en día, cuando deberíamos educar primero a muchos padres antes que a sus hijos, tendríamos que plantearnos que es lo mejor para nuestros hijos. La sociedad de consumo genera hijos mimados, pequeños déspotas avalados por el consentimiento de padres complacientes.

No estamos hablando de una educación espartana, sino de una educación fuera del sistema convencional donde al niño no se le enseña a memorizar para un examen, para  una prueba que requiere mucho esfuerzo y estrés, y que una vez pasada suele olvidarse tan rápido como se aprendió. Sino una enseñanza donde se potencie la creatividad, las ganas y curiosidad por aprender. Donde no se generen individuos frustrados sino niños capaces de desarrollar por sí mismos las soluciones naturales para los problemas que deberán afrontar algún día.

En Kalahari hemos realizado un campamento de fin de curso para chavales de 15 años de una escuela Waldorf. Tres días de experiencias a las cuales ellos mismo buscan las soluciones. El guía es un apoyo y no un clown. El primer día realizamos un rafting, donde no sólo bajamos el río, sino que les enseñamos cómo desenvolverse en aguas turbulentas, cómo cruzar un río, qué hacer en caso de ser arrastrados por una corriente, cómo nadar en un rápido y sobre todo a perder el miedo para ganarle respeto a un río.

Por la noche les facilitamos todo lo necesario para hacerse una barbacoa. Leña, parrillas, carnes y verduras. Ellos mismos se lo cocinaron y se lo comieron tan ricamente.

Los dos días siguientes trabajamos el tema de la supervivencia. Mediante un rappel accedimos a un cañón, donde cubrimos un recorrido de dos días. Cuando llegamos abajo le entregamos la comida a cada uno hasta el día siguiente. Cinco nueces, tres longanizas de pascua, una barrita energética y media lata de atún, que debían compartir con otro. Esa era toda la alimentación, suficiente pero básica en sus formas. “nadie se quejó ni nadie pasó hambre real”,  entraron en situación, sabían que es lo que había y lo aceptaron. Portábamos sacos y esterillas, al caer la noche montamos un vivac y durmieron bajo las estrellas (para muchos de ellos su primera noche al raso). Durante los dos días caminamos por lugares abruptos llenos de pinchos, rocas que trepar y destrepar, cruzamos ríos y ramblas. Ellos mismos se dieron cuenta de que estaban en un lugar realmente increíble donde se encontraban ellos solos con la naturaleza salvaje. Fue duro y apasionante. Durante el recorrido explicamos técnicas de supervivencia e identificamos  plantas comestibles y también las toxicas. Resultó ser una inmersión en la naturaleza pura, ellos mismos se vieron fuertes y capaces de afrontar cualquier inconveniente. Se potenció el concepto clan y equipo. Unos suplían las carencias de otros y equilibraban el grupo. Fortalezas, debilidades eran compensadas. Hasta llegar a nuestro destino, donde se comieron todo lo que no se comieron el día anterior.

Aunque los resultados no serán inmediatos, los beneficios y la valentía a la hora de afrontar miedos y problemas se les marcarán a fuego  para el resto de sus vidas.

Zapa Toni

 

 

 

 

 

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