En Kalahari siempre hemos tenido claro el oficio de guía y hemos valorado la dignidad que se merece este trabajo. Como empresario, pero más como guía, he puesto en valor a este noble oficio en toda su dimensión. La primera razón es que el guía es el responsable del éxito o fracaso de una actividad, pero esta siempre debe estar respaldada por la empresa en todos sus ámbitos. Empresa y guía, a ambos les interesa que el cliente se vaya lo más satisfecho posible y que sienta que ha invertido bien su dinero al contratar sus servicios. Desde hace algún tiempo han florecido empresas de dudosa vocación, empresas que no se gestan en la idea romántica de poder vivir de lo que a uno le apasiona. Son negocios que surgen ante la oportunidad de conseguir rápidos y suculentos beneficios, basado en la cantidad y no la calidad de las experiencias contratadas. Los guías se ven sometidos a la facturación y no tanto a la satisfacción del cliente. Con tal presión es difícil conseguir el anhelo de un guía, que es transmitir su sapiencia y conocimientos sin estar sometidos al reloj o al grupo que viene detrás.  Cuando este oficio requiere de un tiempo, de una complicidad y una empatía con el usuario.

Los guías suelen ser librepensadores, gentes que ponen su entrega en todo lo que hacen, porque han elegido esa forma de vida, donde su estética no es juzgada, como en otros trabajos. El buen guía tendrá una formación constante, pues esto no acaba en un título, aquí domina la pasión y probablemente seguirá practicando en su tiempo libre en otros ríos, montañas, mares o países. El guía siempre antepondrá su tiempo y su afición, al dinero porque el dinero si bien es imprescindible, pasa a un segundo lugar. Lo primero es la gestión de su propia felicidad, del encuentro con uno mismo, de sentirse privilegiado y no comulgar con el sistema que no les complace, eso tiene un precio y ese costo es la ausencia de confort en post de un sueño de libertad suprema.

Zapa Toni

 

Nadie ni nada puede contener la furia de las aguas, el agua siempre busca su camino e interrumpirlo supone enfrentarse al mayor de los elementos.

Treinta años llevo observando ríos, estos me hablan y me susurran. En su murmullo me advierten que lo que un día se nos antoja placentero, sinuoso y amable puede convertirse de un día para otro en un cauce devastador y aniquilador sin piedad ni freno, ellos solitos junto a los vaivenes telúricos socavan y modelan la tierra a su capricho dándole forma, convirtiendo su poder en la más bestia de todas las fuerzas.