Mi madre española

Esta semana pasada falleció Amparo Cervera, mi madre.  Tras una vida de sacrificio por los demás nos dejó. Se marchó a no sé que lugar, donde descansará tras una ardua vida de sufrimiento y de amor. Ella me otorgó el cariño  superlativo  a mi, mi hermana y a la gente que rodeaba kalahari. Pues ella contribuyó firmemente a consolidar esta forma  de vida a la cual me expuse.  Quiero  recordarla en su plenitud y su jovial y alegre sentir.  Para ello voy a contar una historia de un amigo Danés, kasper larsen. él cual llamaba a mi madre, su madre española.

Al comienzo de montar kalahari conocí en un concierto a un simpático guiri flacucho, alto de pelo largo rubio como las panochas, por aquel entonces no hablaba ni papa de español, ni yo inglés ( Digamos que tampoco he mejorado mucho), se quedó todo un verano con nosotros, en un pueblo de interior, no acostumbrado al turismo. Durante ese tiempo era Casper el fantasma, iba de un lado a otro volando en bicicleta y  todo el mundo saludaba afablemente sin saber nada más. Pero mejor, os dejo con su relato, Así lo describe él, 25 años después siendo profesor de español en Dinamarca.

De Dinamarca a Kalahari

Era el año 1995, yo tenía 19 años y estaba haciendo mi primer viaje solo por Europa. Quería escaparme de Dinamarca. Quería ir al sur, y quería ir a España porque había leído los recuerdos de viaje de Hans Christian Andersen y Tom Kristensen. Para mí España suponía lo contrario de Dinamarca. Un mundo lejos del frío y los sistemas rígidos. Para mí, España era el calor y la aventura, y lo quería encontrar todo. Y tuve éxito, pero no de la manera que había esperado.

Las vías del interrail me habían llevado a Valencia. No tenía absoluta idea de la ciudad ni de la lengua española. Hablaba un buen inglés y un francés pobre. Y ambos no me servían de mucho.  En realidad, estaba un poco perdido. Me había robado un tipo en el tren de Madrid, pero me daba igual. Quería ver más de ese maravilloso país. Me instalé en un hostal barato, saqué un poco de dinero del banco y me lancé sin planes a la noche de Valencia. Mis pies me llevaron a la plaza de toros donde por suerte no había toros, sino algo mucho mejor. Un concierto. KETAMA, ponía en letras grandes. No conocía el grupo, pero, aunque te han robado y no tienes mucho ¿qué son tres mil pesetas cuando estás de aventura? Entré y allí experimenté lo que todavía – 25 años después – es uno de los mejores conciertos de mi vida.

En la pausa fui a fumar un cigarrillo y le pedí fuego a un tipo con el pelo y los pantalones de hippie. Fue la segunda decisión excelente (quizá mejor “la segunda buena decisión”) de esa noche. El tipo se presentó como Zapa y después, en un inglés bastante roto (malo), me preguntó: “Where are you from?”.  Con él y su novia pasé el resto del concierto. Y el resto del verano. Zapa me ofreció el sofá para dormir. Y al día siguiente me propuso ir a un pueblo con un nombre rarísimo: “Venta del Moro”.

Cuando fuimos hacia el pueblo por las carreteras de Valencia, en su Landrover gris, casi veterano, y con los frenos que funcionaban como una lotería, ibamos escuchando “Arizona Dream” de Iggy Pop. Me enamoré del paisaje, del aire increíblemente cálido, como el de un horno, y de la libertad que sentía. Por fin estaba viviendo una aventura auténtica. Zapa me dijo: “Cuando lleguemos al río, tú de marinero”. Busqué la palabra “marinero” en un diccionario de bolsillo que siempre tenía cerca, y simplemente pensé ¿Qué es todo esto?

Por supuesto “todo esto” era una empresa de deportes de aventura que recién había empezado. Zapa había comprado un Landrover, 12 kayaks, dos cuerdas para hacer puenting y un pequeño barco de remos de plástico. En éste último estuve yo durante esa tarde para hacer de “marinero”. Para sacar a la gente que había saltado desde un puente romano guapísimo en el rio Gabriel. También salté yo, y nunca me olvidaré de esto, no solamente por la adrenalina, sino por el buen rollo que rodeaba todo.

Me sentía feliz, me quedé en aquel pueblo todo ese verano y volví para muchos más. Conocí a la madre de Zapa, que se convirtió en mi madre española. Y Gemma en mi hermana. Conocí al padre Toni, que tenía un sentido de humor como nadie, y a todos los monitores y los amigos, que son los que realmente convierten Kalahari en algo mucho más allá que una empresa de deportes de aventura. Me quedé en el pueblo, aunque sin conocer el castellano no podía hablar con muchos. Era el extranjero mudo, el fantasma al cual los niños gritaban por la calle “¡Casper!” Pero, ¿para que necesitas hablar si estás feliz? Trabajaba de chófer en Landrovers medio rotos, hacía bocadillos por las mañanas y cubatas por las noches en aquel fantástico “pub” de la familia. Y encontré todo lo que buscaba. La aventura, la alegría y la amistad verdadera.

Antonio Robledo Cervera  ZAPA

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